El reto incómodo de poner(nos) límites (I)

¡Cómo nos cuesta encontrar un término medio a la hora de poner límites! Es decir, discernir cuándo decir sí, cuándo decir no o cuándo no decir nada porque aquello no va con nosotros. En especial, nos violenta el no, ya que suele activarse de forma automática cierta incomodidad (por no decir sentimiento inconsciente de culpa) cuando dicha respuesta significa priorizar nuestro criterio o bienestar frente al de los demás. Incluso, aunque se trate de la decisión más lógica y coherente en un momento dado, nos resulta difícil sostenerla y que nuestro interlocutor la acepte siempre sin un ápice de molestia.

Por ello, no es extraño que vayamos de un extremo a otro, tratando de encontrar un equilibrio entre lo que creemos que se espera de nosotros y lo que realmente sentimos. De este modo, es habitual que acabemos irritados con nosotros mismos, bien por ceder en exceso, bien por ser demasiado rígidos. Y entonces, como reacción compensatoria, saltamos al extremo opuesto sin darnos tiempo a reflexionar sobre el origen de nuestras actitudes ni sobre cuál sería la respuesta más adecuada.

En este caso, una vez más, lo que ocurre en nuestro mundo exterior es el reflejo de lo que ocurre en nuestro mundo interior. Cuando no tenemos claros nuestros propios límites, resulta casi imposible expresarlos con firmeza y sin dudas ante los demás. De ahí la importancia de explorar a fondo nuestro baúl de condicionamientos y patrones, porque nos permite observar con detalle hasta qué punto nuestras respuestas son las de nuestro sistema familiar y, por extensión, del contexto social en el que hemos crecido. De lo contrario, avanzamos de forma errática, reaccionando más que eligiendo.

A escala colectiva —como prolongación de lo individual— suele suceder algo similar. O bien nos instalamos en un sí buenista que todo lo permite, dando lugar a un modelo de relación social basado en una eterna exigencia pseudoinfantil que nos lleva hasta lo absurdo; o bien caemos en actitudes rígidas que limitan cada vez más la expansión consciente del ser.

En todo caso, tal vez el reto —personal y colectivo— no consista en elegir entre el sí o el no, sino en cultivar ese espacio intermedio desde el cual los límites nazcan del amor propio, del respeto mutuo y de la paz interior, y no del miedo, la culpa o la imposición. Esto nos evitaría estar siempre sacudidos por las inercias de un péndulo que nos arrastra de un lado a otro sin que sepamos cómo frenarlo, pues el conjunto de la sociedad en la que vivimos es también víctima de sus propias inercias.

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad