Encontrar el equilibrio es una de las tareas más complejas que tenemos, si no la más difícil. Aquello de que “en el término medio está la virtud” o, como dicen los místicos cabalistas, movernos en el pilar central —entre el rigor y la misericordia— constituye uno de los grandes retos cotidianos. Y lo es porque influye en prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida.
Sin embargo, nuestra tendencia natural suele llevarnos a movernos como un péndulo entre ambos extremos. En gran medida, porque el propio universo, en constante transformación, se mantiene en un equilibrio dinámico entre el orden y la dispersión, entre las fuerzas que estructuran y las que tienden a disolver esa estructura para crear unas nuevas (entre Brahma y Shiva).
Podemos trasladar esta reflexión a eso que llamamos “ser sostenibles”. En un extremo, podemos reducir al máximo nuestro impacto sobre el ecosistema global, adoptando casi una actitud asceta radical (a veces incluso con cierto sentimiento de «culpa ecológica»). En el otro, podemos dejarnos llevar por el gozo y el placer hedonista sin límites, sin preocuparnos por los impactos de nuestras acciones.
Entre ambos polos aparece una tercera vía: permitirnos vivir una vida plena y próspera, explorando todas las posibilidades que nos ofrece el hecho, único y extraordinario, de estar vivos; disfrutar, sí, pero con moderación, en la línea de lo que defendían los epicúreos.
Ahí es donde entran en juego las distintas visiones de la realidad que cada cual construye: fruto de creencias, patrones adquiridos y también de variables psicoemocionales y sistémicas (familiares y sociales) que influyen profundamente en el comportamiento humano. Por eso resulta tan difícil —si no imposible— encontrar un consenso universal o un patrón sobre lo que significa realmente “vivir bien”.
En cualquier caso, aspirar al bien común —ese gran ideal no solo de la cultura de la sostenibilidad, sino también ético— debería ir de la mano de encontrar el equilibrio con el bien individual. Solo así cada persona, también única y extraordinaria, puede descubrir su propósito, expandirse y sentirse realizada. A eso venimos al mundo, ¿no?
Además, cuando esa sensación profunda de realización aparece, algo curioso sucede: deja de ser tan necesario perseguir lo material o vivir aferrados al carpe diem. Y, entonces, et voilà, nos volvemos sostenibles por naturaleza, sin necesidad de buscar con compulsividad en lo exterior lo que no se alcanza a encontrar en el interior.