Recupero la idea de un artículo que escribí hace unos meses, ahora que estamos en pleno Mundial de fútbol. El más largo de la historia, con más partidos que nunca.
Una vez más, se nos convoca frente al televisor para liberar las emociones más primarias vinculadas al nacionalismo futbolero. Las masas al servicio del business que exprime el negocio de eso que llaman deporte.
El «¡A por ellos!», o cualquier variante similar, volverá a escucharse en los estadios, en distintos idiomas. Es decir: a por los de otro país, a por quienes llevan una camiseta diferente, a por quienes no pertenecen al grupo con el que nos identificamos. Cuando se despierta la bestia del «nosotros», el sistema neuroendocrino se altera de tal manera que la parte reflexiva queda temporalmente anulada por la excitación colectiva.
Y, terminado el éxtasis, cada individuo regresa a su entorno habitual. El «ellos» se diluye y deja de tener sentido, aunque tampoco lo tuviera antes. Pero da igual. A cada momento creamos nuevos «ellos» frente a los cuales construir otro «nosotros» que, curiosamente, estará formado por una mezcla de quienes ayer eran «ellos» y de quienes eran «nosotros». Todos se abrazarán orgullosos de su nueva pertenencia y, a menudo, sin demasiado espíritu crítico: al partido político, a la religión, al grupo social, al género, a la generación o a cualquier otra identidad que se defienda como un hecho diferencial.
Si realmente hemos evolucionado en valores y comportamientos respecto a décadas o siglos atrás, el hecho de ser seres gregarios y necesitar conectar con otros humanos para sentirnos acompañados y seguros no justificaría la necesidad permanente de diferenciarnos de los demás. Poner en valor determinados rasgos socioculturales no debería implicar convertirlos en elementos de exclusión hacia quienes no forman parte del «nosotros».
Tampoco nos exime de reflexionar sobre una idea sencilla: todos somos «nosotros» y cualquier división es, en última instancia, artificial. Sin embargo, ante determinadas situaciones de crisis, rápidamente nos adherimos al grupo que más nos conviene, cerramos la puerta a la empatía y vuelta a empezar.
Resulta interesante observar la velocidad con la que surgen nuevos colectivos que necesitan distinguirse para sentirse reconocidos. Y cuanto más intenso es el sentimiento de pertenencia, más fácil resulta movilizar emociones, adhesiones y rechazos.
Por todo ello, parece difícil plantearse todavía la construcción de una auténtica consciencia humana global mientras esta dinámica de fragmentación siga gobernando el paradigma colectivo.
Y este tipo de espectáculos a gran escala, por mucho Respect que se venda como eslogan en las camisetas o se reprueben determinados gritos ofensivos, siguen promoviendo de forma encubierta estados de confrontación; en este caso, entre países.
La historia demuestra que las divisiones y los enfrentamientos entre grupos han sido, con frecuencia, instrumentos útiles para quienes aspiran a acumular influencia, poder o control. El viejo «divide y vencerás» sigue presente; en este caso, vestido de actividad deportiva.
Quizás por eso resulte tan necesario recuperar una mirada más amplia, capaz de reconocernos primero como seres humanos antes que como miembros de cualquier grupo.