El conocimiento que tenemos del otro es siempre limitado, del mismo modo que lo es la comprensión que tenemos del mundo que nos rodea. Y lo es, en gran parte, porque apenas logramos conocernos bien a nosotros mismos.
La mayoría de las veces confundimos el personaje con el que nos hemos identificado desde la infancia con lo que realmente somos. Ya desde entonces empezamos a construir una identidad basada en expectativas y etiquetas, hasta el punto de creer que somos ese personaje. Esta identificación limita la expresión y la expansión de todo nuestro potencial. Y, claro, lo mismo ocurre con los «otros».
Cuando observamos a alguien, lo hacemos a través de los filtros de nuestro propio personaje. Cuando nos observan, sucede igual: todo se interpreta desde los relatos que cada mente construye según su manera de percibir la realidad. En definitiva, lo que imaginamos suele tener poco o nada que ver con lo que realmente es.
Por eso, al conocer a una persona, se activan prejuicios que el inconsciente se encarga de alimentar para reforzar esas ideas previas y provocar la correspondiente cascada psicoemocional, siempre adictiva. De ahí la dificultad de cambiar de opinión una vez el mecanismo automático se ha puesto en marcha. Esto no excluye que, en ocasiones, sea la intuición la que habla (como se suele decir, el primer pensamiento es el que vale), aunque no siempre es fácil distinguirla del baúl de prejuicios.
En cualquier caso, vemos el mundo —y también a los demás— desde una visión limitada, lo que nos impide abarcar el conjunto. A ello se suma que, en la relación con los otros, solemos levantar defensas para no sentirnos vulnerables, volviendo aún más ficticia, e incluso difícil, la interacción humana.
Así, las relaciones acaban siendo, en muchos casos, el encuentro entre dos personajes: máscaras que se miran desde la superficie, protegiendo o alimentando una imagen alejada de lo auténtico. El otro deja entonces de ser un ser real para convertirse en un papel dentro de nuestra propia obra.
Tomar conciencia de esta dinámica es el primer paso para transformar las relaciones dentro del equipo, y abrir un espacio de escucha más honesta, empatía genuina y colaboración real.
* Programa de formación Empeirikós para equipos humanos: autoconocimiento, reconocimiento mutuo y bien común.