A pesar de las múltiples definiciones existentes sobre el desarrollo sostenible y sus diversas dimensiones, en mi opinión la del Informe Brundtland —que ya queda lejos en el tiempo— sigue siendo la que mejor sintetiza el sentido y la profundidad del concepto.
Este informe, publicado en 1987 por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo de las Naciones Unidas —y que debe su nombre a Gro Harlem Brundtland, primera ministra de Noruega y en aquel momento presidenta de dicho comité—, se tituló originalmente Nuestro futuro común y definía el desarrollo sostenible como “aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.
Más simple y directo, imposible. Sin embargo, para integrar plenamente esta definición es necesario comprender cómo operan ciertas estructuras mentales profundamente arraigadas en el imaginario individual y colectivo. Algunas de ellas se han generado a través de un modelo de consumo que nos ha llevado a construir una idea de confort y bienestar basada en la insatisfacción material permanente. Nuevas necesidades que, bajo la promesa de hacernos la vida más cómoda, nos cargan colectivamente con mochilas repletas de efectos socioambientales secundarios, además de la frustración psicoemocional que conllevan.
No se trata de vivir como un ermitaño o un estoico radical, ni de sentir incomodidad por disfrutar de la vida y de los placeres que nos ofrece —no me interesa en absoluto el ambientalismo que construye su mensaje desde la culpabilización—, pero sí de reconocer que estar en el aquí y el ahora, eso que ahora se ha popularizado como mindfulness, es plenamente compatible con trascender nuestra existencia individual y comprender dos cuestiones fundamentales:
- El planeta funciona como un gran sistema en el que todos sus elementos interactúan en un proceso sin fin que transforma a cada uno a la vez que transforma al conjunto. Nosotros también estamos sometidos a esta realidad, aunque a menudo queramos ignorarlo, por lo que el sistema también nos cambia.
- Existimos asimismo en un campo de energía universal en el que todo interactúa con todo en niveles más sutiles, como apuntan desde hace años investigaciones en los campos de la física cuántica y el estudio de la consciencia humana. La idea del individuo como ente aislado es una ilusión alimentada por un modelo sociocultural y económico que pretende precisamente hacernos creer lo contrario.
En definitiva, el yo pierde sentido sin el nosotros. Y este nosotros trasciende ya la esfera exclusivamente humana para integrar toda forma de vida y la trama completa que la sustenta. Desde esta perspectiva, el carpe diem hedonista, entendido como vivir “como si no hubiera un mañana”, se vuelve una filosofía incluso algo trasnochada. Como ya dijo Aristóteles, la virtud se halla una vez más en el término medio.
Cuando se entra plenamente en este paradigma unificador, la definición de Brundtland adquiere todo su sentido, y la referencia —aparentemente abstracta— a las generaciones futuras deja de ser un objetivo distante para revelarse como otra forma de hablar de este TODO.
* Programa de formación Empeirikós para equipos humanos: autoconocimiento, reconocimiento mutuo y bien común.