Hace años, como divulgador ambiental y científico, escribí sobre las ventajas energéticas del cambio de hora, dando por válidos los datos que entonces proporcionaban los organismos oficiales.
Como apunte, es curioso comprobar con qué facilidad otorgamos autoridad a determinadas instituciones y aceptamos sus argumentos sin cuestionarlos suficientemente, ni preguntarnos por los intereses políticos y económicos que también pueden influir en las decisiones. Pero esta es otra reflexión.
Lo cierto es que el conocimiento evoluciona —y los intereses también—, y con él deberían evolucionar las decisiones que tomamos. Hoy, cuando los beneficios energéticos del cambio de hora se cuestionan cada vez más, resulta difícil justificar una práctica cuyos inconvenientes creo que superan sus ventajas.
Un metaanálisis publicado en The Energy Journal en 2018, que reunió 44 estudios, estimó un ahorro eléctrico medio de apenas el 0,34 % durante la aplicación del horario de verano. Además, al dar mayor peso a determinados estudios metodológicamente más sólidos, el ahorro estimado se aproximaba a cero.
El propio Ministerio para la Transición Ecológica reconoció en 2020 que en España no existían estudios actualizados que permitieran asegurar que el cambio de hora produjera ahorros energéticos. Una conclusión que también encajaba con las evaluaciones europeas, que calificaban estos posibles beneficios de marginales.
Pero, aunque el ahorro fuera sustancial, ¿hasta qué punto los beneficios energéticos de determinadas medidas compensan sus posibles consecuencias sobre el bienestar físico y psicoemocional de las personas?
Nuestro organismo no funciona siguiendo las agujas del reloj, sino a través de ritmos biológicos sincronizados fundamentalmente con los ciclos de luz y oscuridad. Alterar nuestros horarios no significa que nuestro reloj biológico se adapte inmediatamente, y sus efectos pueden ser especialmente relevantes en niños, personas mayores o quienes presentan determinados problemas de salud.
En todo caso, el cambio de hora es solo un ejemplo de una reflexión que, a mi parecer, tiene mucho más recorrido: ¿estamos considerando suficientemente las consecuencias psicoemocionales de nuestras decisiones ambientales y de la forma en que comunicamos sus objetivos?
La ecoansiedad describe la preocupación, el miedo o la angustia ante el deterioro ambiental y sus posibles consecuencias. No es lo mismo que la respuesta biológica y psicoemocional al cambio horario, pero ambos fenómenos nos recuerdan que nuestra relación con el entorno va mucho más allá de lo biológico y material.
La manera de comunicar los riesgos ambientales influye en cómo los vivimos. Cuando los mensajes se apoyan excesivamente en la alarma, la urgencia o la culpa, incluso con la intención de promover el bien común —un concepto que también merece su propia reflexión—, pueden generar impotencia y desconexión en lugar de favorecer una participación consciente y constructiva.
Y más aún cuando algunos de los argumentos científicos utilizados para justificar determinadas decisiones, como ha sucedido con las estimaciones del ahorro energético del cambio de hora, acaban siendo revisados y sus beneficios resultan dudosos.
La transición ambiental es necesaria y supone cambios en nuestros hábitos. Sin embargo, a mi parecer, en los últimos años parte de su comunicación ha dado más protagonismo a la amenaza que a la cooperación colectiva. Y todo ello en una sociedad cuyo modelo de vida ya genera importantes niveles de estrés e insatisfacción.
A veces parece que un objetivo ambiental positivo baste para justificar cualquier medida, incluso cuando puede generar dificultades o efectos negativos para una parte de la población. Como si las consecuencias sobre la salud y el bienestar de las personas fueran una cuestión secundaria, cuya gestión la debe resolver cada individuo por su cuenta, con la ayuda o no del sistema sanitario (una externalización, al fin y al cabo).
Se nos pide cambiar nuestros hábitos de movilidad, consumo o alimentación, cuando muchas de nuestras decisiones están condicionadas por mercados de los que somos prácticamente cautivos y por intereses que escapan a nuestra capacidad de acción individual. Podemos elegir, sí, pero con menos grados de libertad de los que quizá pensamos.
Desde mi doble experiencia de consultor ambiental y terapeuta sistémico, cada vez considero más necesario integrar estas miradas. Porque la relación con nuestro entorno no es solamente ambiental o económica, sino también biológica, psicológica y emocional.
No se trata de cuestionar la necesidad de avanzar hacia una sociedad ambientalmente más responsable, sino de recordar que la sostenibilidad y el bien común pasan por avanzar hacia un bienestar integral de la persona. Por el ofrecer recursos y herramientas que la hagan sentir partícipe de la transición y no la causa fundamental del problema.
Y, sobre todo, del mismo modo que hablamos de una medicina basada en la evidencia, deberíamos apostar por una comunicación ambiental basada en el conocimiento riguroso, el espíritu crítico y la transparencia, y no en la difusión selectiva e interesada de la información. ¿Ha sonado muy naïf? ¿En qué momento hemos empezado a considerar ingenuo exigir más rigor y transparencia?