Al escribir la lista de propósitos para el nuevo año, rara vez incluimos el de iniciar un viaje de autoconocimiento. Un viaje hacia dentro, destinado a explorar esos territorios íntimos —conscientes e inconscientes— a los que no siempre prestamos la debida atención. Tal vez porque el ritmo del día a día nos arrastra sin tregua, o porque preferimos no preguntarnos si somos algo más que aquello con lo que nos identificamos (el personaje). Y, si esa intuición aparece, solemos posponerla… o silenciarla.
Así, nuestra mirada suele enfocarse en propósitos relacionados con el bienestar físico y la imagen, como el más habitual de hacer ejercicio y/o dieta. Y todo es compatible, porque lo interior y lo exterior son dos caras de la misma cosa. El exterior refleja lo que sucede en nuestro mundo interior, y el interior responde, de forma constante, a lo que vivimos fuera. Cuando no ponemos consciencia a la experiencia y atribuimos lo que nos ocurre al azar o a circunstancias que creemos incontrolables, entramos en bucles automáticos que acaban definiendo nuestra manera de ser, de sentir y de estar en el mundo; es decir, alimentan a esa «caricatura» y no al ser esencial.
Sentirnos bien con nuestro aspecto es importante, pero sentirnos bien con nuestra vida lo es aún más. Y cuando ese bienestar nace de dentro, la imagen deja de ser un refugio o una dependencia: el espejo pierde poder, y también la mirada ajena. Entonces algo se recoloca, y el ser esencial se abre paso para desmontar al personaje y su baúl de condicionamientos limitantes.
Este viaje de autoconocimiento puede ser tan apasionante como un viaje en el mundo físico, si se realiza con el mismo deseo de descubrir nuevos paisajes y lugares desconocidos (que los hay, y muchos, en nuestro interior). Porque los viajes hacia afuera son, en el fondo, una vía que nuestro interior nos propone para llevarnos a ver el mundo también desde otras perspectivas que rompen límites, cuando quizá nos resistimos a emprender el viaje hacia dentro.