Uno de los retos de la cultura de la sostenibilidad —y que debería ser, por sí solo, el principal de la humanidad— es avanzar hacia el bien común. Siempre, naturalmente, en equilibrio con el ecosistema global que nos acoge y del que formamos parte como un elemento más; aunque eso sí, con una gran capacidad de alterar el entorno para acabar perjudicándonos a nosotros mismos. Algo de disociación cognitiva, o incluso sociopatía, habría en ello, ¿no?
«Bien común» es una expresión a la cual se le han dado múltiples sentidos en la filosofía social, en la política, y también en el derecho. Básicamente, remite a algo que se puede definir como beneficioso cuando lo es para todos y cada uno de los integrantes de una sociedad o comunidad, y no solo para unos elegidos. Quizás podríamos dejar aquí la reflexión diciendo que es una utopía y no hay más que hablar; es decir, una «representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano, esto es, una sociedad tan perfecta e idealizada que es prácticamente imposible llegar a ella» (Vikipedia dixit).
Es en la interpretación de lo que es beneficioso cuando realmente empieza el debate, el cual suele cargarse rápidamente de ideologías (de unos cuantos -ismos), que acaban condicionando la reflexión y dificultando la posibilidad de alcanzar acuerdos. Porque no todo el mundo, como sucede en tantas otras cuestiones, interpreta lo mismo por bien común.
Para empezar, cada ser humano crece con unas expectativas concretas sobre el bienestar que pretende —podríamos hablar extensamente de los condicionamientos familiares y sociales inconscientes que arrastramos desde pequeños—, y que en la mayoría de los casos no suelen casar bien con algunas limitaciones que plantea esta premisa del beneficio colectivo.
Mucho menos en un mundo donde la felicidad se asocia todavía con la abundancia material y el éxito social, y se deja de lado la prosperidad integral del colectivo —incluyendo también la vertiente espiritual, que no religiosa— como si fuera algo utópico o incluso naíf.
De ahí que encontrar un punto de consenso parezca algo imposible, hasta el punto de que, como demuestra la historia, acabe siendo una fuente de conflicto más que entorpece el diálogo y el planteamiento de sólidas estrategias de cooperación. Nos sigue faltando una verdadera visión de humanidad, y mucho más una clara voluntad de progreso basada en el profundo respeto al otro; los «otros» no son NPCs sin papel (non playable character, como se dice en los videojuegos) que aparecen en nuestra obra de teatro personal como relleno.
Solo hace falta, además, que se manifieste una situación de crisis que ponga en riesgo el confort y la seguridad personal para que el lóbulo frontal pensante/reflexivo se desconecte, resurjan miedos atávicos y cada cual acabe yendo por su lado como pollo sin cabeza. (“Cada cual” puede ser un individuo aislado, una familia, un colectivo con un interés común o un país, depende de a qué o quién se nos enfrente).
Desde antiguo se conoce bien y se estimula este comportamiento primario gregario que aniquila toda capacidad de reflexión, crea enemigos externos inexistentes y permite direccionar convenientemente las reacciones colectivas.
Por ello, es sumamente complejo avanzar hacia el bien común sin cambiar nuestra perspectiva de quién es «el otro», sin darnos cuenta de que no es enemigo o amigo en función de si tenemos un interés en común o un interés contrapuesto, sino un ser cuyas actitudes y comportamientos responden también a condicionamientos y patrones, sobre todo inconscientes. Hasta el narcisista patológico tiene razón de ser.
Ello no quiere decir dejar de poner límites o justificar cualquier acto que se pueda cometer —huelga decirlo—, pero sí empezar por reconocer al otro como ser con el que compartimos este espacio-tiempo y con el que nos ayudamos recíprocamente a conocernos mejor cuando interactuamos. Esto es especialmente importante al hablar, por ejemplo, de equipos humanos en organizaciones o empresas.
Sobre reconocimiento mutuo hablaré en el siguiente post.
* Programa de formación Empeirikós para equipos humanos: autoconocimiento, reconocimiento mutuo y bien común.