En el artículo anterior señalaba —y nunca está de más recordarlo, aunque parezca una obviedad— que el principal reto de la cultura de la sostenibilidad consiste en avanzar hacia el bien común.
Esto implica, por un lado, vivir en coherencia con el ecosistema global que nos acoge; básicamente en beneficio de nuestro propio bienestar, ya que el planeta tiene sus propios mecanismos de autorregulación. Y, por el otro, sobre todo, supone reconocer que formamos parte de un ecosistema humano, de una humanidad, que trasciende al ser individual.
Aunque el concepto de inconsciente colectivo de Jung sigue siendo objeto de debate y estudio, la neurociencia, por ejemplo, cuenta ya con evidencias de que nuestras mentes están interconectadas de maneras que facilitan la cooperación, la empatía y la comprensión mutua. Vivir aislado y alejado del contacto humano, por ejemplo, afecta tanto a la salud física como a la psicoemocional, como está ampliamente estudiado y documentado.
A medida que gana espacio en el imaginario colectivo este reto —que se puede resumir con la famosa definición del informe Brundtland: “satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones de satisfacer las suyas”—, podemos poner el foco en lo esencial: construir desde la cooperación en lugar de la competencia, buscando el bien común en equilibrio con el planeta que nos sostiene, y teniendo en cuenta el alcance temporal de nuestras acciones. Este es, al fin y al cabo, el cambio de paradigma que propone el desarrollo sostenible, más allá de acciones sectoriales o transversales concretas, que pueden llegar a ser anecdóticas.
Visto así, el otro se transforma en un aliado con el que seguir imaginando estrategias realmente transformadoras (ver artículo anterior del blog: Ellos somos nosotros o son aquellos, los otros). Reconocerlo equivale, en este sentido, a verlo en todas sus dimensiones, entendiendo que sus particularidades son fruto de su trayectoria vital y sus circunstancias. Un viaje único e intransferible, con luces y sombras, como el nuestro.
Cuando aplicamos esta mirada a los equipos humanos, se abren nuevas posibilidades de colaboración que redundan en beneficio tanto de las personas como del bien común. Compartir conocimientos, experiencias y puntos de vista, pero, en especial, el bagaje emocional que todo ello conlleva, enriquece al grupo en la medida en que humaniza más a sus miembros —ya que a veces se los puede percibir como simples elementos del fragmento de vida cotidiana que es el trabajo— y contribuye a crear complicidades que facilitan abordar con una mayor empatía y respeto a los proyectos o las tareas compartidas, al margen de si eso conduce o no a una amistad.
En la película Avatar, de James Cameron, los seres azules (los na’vi) se saludan diciendo: “Te veo”. No dicen “Hola, ¿cómo estás?”, ni nada parecido, como solemos hacer muchas veces por puro automatismo. Dicen te veo porque se reconocen, se miran y se comprenden mutuamente a un nivel profundo: “te respeto, te saludo, te honro, te reconozco, conecto contigo”. Esto es el reconocimiento mutuo. Ver viendo.
Trasladado esto al mundo de las organizaciones y colectivos, sugiero que, al entrar cada día al lugar de trabajo —compartido habitualmente con otros seres humanos—, saludemos de este modo, mirándonos a los ojos y diciendo con plena consciencia: te veo. Estoy seguro de que muchas barreras que se generan en los equipos se irían erosionando fruto, simplemente, de ver más allá de la apariencia y del personaje. Y no lo propongo en broma.
Son estos bloqueos individuales, surgidos habitualmente en etapas infantiles como forma de adaptación al entorno, los que suelen dificultar este proceso de reconocimiento, por lo que existe un paso previo fundamental: el propio autoreconocimiento y aceptación.
Sobre autoconocimiento hablaré en el siguiente post.
* Programa de formación Empeirikós para equipos humanos: autoconocimiento, reconocimiento mutuo y bien común.