¿Qué significa llegar a la «cima» de la carrera profesional? ¿Conseguir, a una cierta edad, el objetivo que nos habíamos propuesto años atrás? ¿Alcanzar el puesto de mayor categoría o responsabilidad posible en la organización de la que formamos parte? ¿O simplemente lograr la aspiración del ego?
Si decidimos abandonar una determinada carrera —y el prestigio y respeto social que esta nos otorga— porque nuestros valores y prioridades han cambiado, o porque nos hemos dado cuenta de que nuestro propósito de vida no era ese, o ha dejado de serlo, entonces ¿habremos fracasado?
En realidad, lo que denominamos «carrera profesional» es solo uno de los aspectos de nuestra vida en los que proyectamos toda la carga familiar, social y personal inconsciente. Tenemos, aunque esta afirmación nos pueda contrariar, menos grados de libertad de los que pensamos a la hora de escoger la vida que llevamos; también en nuestra profesión.
Si no ponemos consciencia en nuestras creencias y patrones de comportamiento, y no nos preguntamos el porqué de cada una de nuestras principales decisiones, ciertas inercias nos arrastran sin que nos demos cuenta.
Nuestro viaje profesional, en este sentido, puede ser el resultado de múltiples factores: de las expectativas de nuestros padres y ancestros —ellos mismos sometidos a las de sus predecesores, claro—; de un ego desmedido que no encuentra equilibrio ni satisfacción; de la necesidad de reconocimiento externo por falta de autoreconocimiento interno; o del simple conformismo si no tenemos un propósito claro y seguimos lo que se da por supuesto, por poner algunos ejemplos.
Por ello, cuando hablamos de equipo humano, estamos hablando de una suma de circunstancias individuales complejas que actúan como espejo para cada una de las personas, siempre según su estado y nivel de consciencia. Reconocer ese espejo y todo lo que nos aporta es un gran paso para avanzar en eso que llamamos desarrollo personal.